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Hace casi un año Chicoutimi publicó aquí uno de mis posts favoritos de eleganTe chaflán: Home. En él nos contaba que gracias a un taxista, una revista de tendencias y una canción había aprendido algo tan bonito como que el hogar está donde tienes a la persona amada. Totalmente de acuerdo. Pero dado que este blog se escribe con vocación de homenaje a eso que ET llamaba "mi casa", me apetece añadir un nuevo punto de vista. Creo que un sitio también se convierte en hogar, o al menos pasa a ocupar un lugar preeminente de tu biografía, si te haces una herida allí. Como cuando te rompen el corazón adolescente en un pueblo de veraneo y nunca olvidas el nombre del sitio, el olor de la madreselva y hasta la hora a la que tenías que volver aquella noche. Las cicatrices son topografía sentimental, códigos postales grabados sobre el cuerpo. Lo he descubierto después de quitarme las muelas del juicio en un quirófano de Madrid. Ahora, cuando se me van cayendo los hilos con los que me cosieron las encías, los miro sobre mi dedo y tengo la sensación de que pertenezco un poquito más a la ciudad. Con heridas soy más madrileño, qué cosas.
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Etiquetas: Madrid, Nostalgias
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Nunca me he sentido tan libre como cuando tocaba adornar mis pisos de estudiante. Durante cinco o seis años anduve de aquí para allá (Tirso de Molina, Embajadores, Príncipe Pío) compartiendo vida, pipas y salones más o menos limpios con amiguetes que hacían las veces de familia (y que todavía lo hacen). Aquellos pisos de estudiante eran una liberación estética, un experimento con el que nos vengábamos de todos esos profesores que van por la vida preguntando a los alumnos: "¿esto también lo haces en tu casa?". De la calle subíamos al salón sillones, fotos viejas o carteles con la cara de Lou Reed, forrábamos la pared con portadas del País Semanal, pegábamos pósters de señores en calzoncillos, clavábamos pizarras del Champion donde apuntábamos quién era el personaje del día. La semana pasada encontré esta foto y estas viejas sensaciones de libertad cuasi bohemia en una caja del trastero. La foto formaba parte de un altar español que n., JA y yo habíamos montado en un cuarto piso de la calle Sebastián Elcano. No sé como se llaman las niñas, pero sé que son familia lejana y eso me enorgullece. Ahora deben de tener veinte o treinta años. Su foto de comunión hacía pareja con otra de un soldado que me encontré en la calle, y con una botella de vino franquista que compramos en un restaurante del puerto de Despeñaperros. Ahora soy demasiado burgués para colocar esta foto en mi salón, pero se la voy a regalar a un amiguete que está decorando su piso con espíritu kitsch. Ah, lo del homenaje a Diane Arbus es porque ella (una de mis fotógrafas favoritas) también hacía fotos de gemelas, y ayer me regalaron un libro suyo.
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Etiquetas: Madrid, Nostalgias
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Madrid es una ciudad perfecta para amueblar la casa con trastos de la calle. Si uno sale a dar un paseo a la hora adecuada y tiene suerte, es muy probable que regrese cargado de tesoros. Para muestra, un botón. (click.) Esta fotografía la hice en un callejón turístico y lleno de bares. Alguien había decidido olvidar una estantería, una silla, una maleta y un ventilador. Me gusta pensar que en las bolsas de basura hay ropa que algún día fue elegante y que la maleta lleva fotos antiguas, con aire amarillo. En la pared, carteles de flamenco. Seguro que un rato después de tirar la foto, la estantería ya tenía dueño; seguro que ahora está llena de fruslerías compradas en el chino de la esquina. Y probablemente el ventilador haya aliviado la canícula de algún estudiante atrasado. Yo no me llevé nada, sólo la foto.
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19:48
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Etiquetas: Madrid, Usos y costumbres
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Uno de los fenómenos que más me llama la atención de cualquier ciudad es la paulatina configuración de un barrio. En Madrid tenemos zonas con personalidades claramente diferenciadas: el barrio de los ricos, el barrio de los modernos o el barrio de los gays. Lo curioso del asunto es que, aunque los límites de estas zonas parecen precisos e inamovibles, no siempre han estado ahí. La ciudad se reinventa cada cierto tiempo como si se pusiese un vestido nuevo. Lavapiés, por ejemplo, es hoy el exótico barrio de los inmigrantes, mientras que hace apenas dos días era reducto del casticismo de zarzuela. El edificio de la foto también participa de esta dinámica metamórfica. Pertenece a un complejo llamado Colonia Pico del Pañuelo y tiene aproximadamente ochenta años. Cuando se construyó, allá por los años treinta, sólo vivían aquí funcionarios. Primero fueron los destripadores del Matadero Municipal de la acera de enfrente, y luego los grises policías de Franco. En los últimos años, la Colonia Pico del Pañuelo ha sido ocupada por inmigrantes latinoamericanos que han abierto peluquerías y bares. ¿Y mañana? Nadie sabe. Tan sólo cabe esperar que conserve ese aire de pequeño pueblo amarillo dentro de la ciudad.
NOTA: La reconstrucción de la fachada me ha quedado un poco cutre, pero aun así me gusta la sensación de arquitectura delirante que se desprende de las imperfecciones. Lamentablemente, la Colonia Pico del Pañuelo no está formada por casas que se retuercen. Podéis pinchar en la foto para verla más grande.
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Etiquetas: Madrid
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Cuando uno viaja, el sitio donde se queda a dormir pasa a ser una especie de prolongación de su casa. Siempre que yo llego a un hotel o monto la tienda de campaña, por ejemplo, necesito practicar el ritual de la hogarización: saco las chanclas y el viejo neceser, vacío la mochila, escondo el dinero... y es como si nunca hubiese salido de Madrid. A continuación siempre miro por la ventana. Al otro lado lado del cristal está el mundo raro, nuevo, desconocido, y a este lado están el confort y la tranquilidad que proporcionan unas chanclas gastadas. Es un contraste muy estimulante entre lo viejo y lo nuevo, entre lo propio y lo ajeno, ¿no os parece? Esa primera impresión siempre se me queda muy grabada. Hay ciudades maravillosas que en mi cabeza están asociadas al patio de luces del hotel cochambroso donde me alojé cuando las visité, o a un cartel de neón que se colaba por los visillos, o al ruido de los bares de abajo. Cuando fui a Buenos Aires, la primera imagen que tuve de la ciudad fue la de este maravilloso chaflán de San Telmo. Es lo que se veía desde la ventana del piso de un amigo que me acogió, justo entre las calles Defensa y Estados Unidos. Aquí fue donde se decían buenos días en mi cabecita, cada mañana, Madrid y Argentina. Y ahora que estoy publicando una serie sobre aquel viaje en mitte, me ha parecido interesante contároslo. Si os apetece ver ésta y otras fotos porteñas a mejor calidad, os invito a que visitéis mi fotolog.
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22:58
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Etiquetas: Madrid
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Este señor ha sido mi profesor de Arte Contemporáneo durante los últimos cuatro meses. El primer día de clase dijo: "tenéis que hacerme una lista con cuatro artistas del siglo XX que os interesen, y no vale Miguel Ángel porque es del Renacimiento". A continuación dió tres minutos para que escribiésemos, recogió las listas de todos y empezó a leer la primera: "Dalí, Picasso, Gaudí y... Miguel Ángel". Ni se inmutó, el tío; se atusó la perilla y siguió leyendo listas hasta contabilizar tres o cuatro Miguelángeles más. Ahora que ya he terminado su asignatura, supongo que puedo decir que probablemente haya sido el más simpático de mis profesores. Su clase coincidía con mi digestión y cada vez que yo me quedaba dormido, él gritaba más fuerte para despertarme. Un día fui a su despacho y le dije: "mire, profesor, esto no puede seguir así: yo me voy a dormir siempre en sus explicaciones y usted tiene que comprenderlo porque me levanto muy pronto y la comida causa estragos en mi lucidez". El profesor me dio una palmadita en la espalda y parpadeó despacio, comprensivo: "¿cómo se llama usted?", me dijo. Y a partir de aquel día siempre se dirigía a mí por mi nombre durante la clase. Hay muchas más cosas que me encantaría contaros, pero voy a quedarme sólo con una: en más de diez años de universidad, este profesor ha sido el único que me ha pedido un trabajo artístico para evaluarme. Y, aunque sospecho que es escandalosamente poco riguroso, me lo he pasado fenomenal haciéndolo. ¿Qué me decís de vosotros? ¿Habéis tenido algún profesor memorable en vuestros chaflanes?
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21:09
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Etiquetas: Madrid
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El quince de mayo es el día de San Isidro Labrador, patrón de Madrid, y los madrileños se van a la pradera para beber el agua milagrosa de su fuente. Según la leyenda, el bueno de Isidro pegó con su hazada en el suelo y empezó a brotar agua. Yo, la verdad, no me lo creo mucho porque en el fondo este señor era un poco vago. Las mismas leyendas que cuentan el milagro del agua dicen que él nunca trabajaba, que se dedicaba a rezar mientras dos ángeles conducían sus bueyes con el arado. ¿Cómo voy a creerme entonces que picase en el suelo? Otra maravillosa paradoja es que, en realidad, el agua de la fuente se puede beber todos los días del año. Y sin embargo, la gente sólo forma colas inmensas el quince de mayo. Supongo que deben de creer que funciona mejor cuando toca festivo. Yo he ido varias veces, pero nunca he bebido: la fuente me da un poco de yuyu porque nace justo al lado de un cementerio. Por suerte, San Isidro tiene un montón de historias estupendas donde el agua es protagonista. Mi favorita es la del día que le contaron que su mujer, Santa María de la Cabeza, se la estaba pegando con unos pastorcillos. El pobre San Isidro, cuando se vio con los cuernos en la cabeza, debió de sentirse tan idiota como sus bueyes. Pero Dios, que disfruta lo mismo creando entuertos como resolviéndolos, obró un milagro: hizo que Santa María de la Cabeza caminase sobre el agua. Como todo el mundo sabe, si caminas sobre el agua no puedes ser adúltera, así que los rumores sobre las juergas de Santa María se acallaron al instante. Curiosamente, ese mismo río es el que da de beber a los madrileños en la actualidad. O sea, que en el fondo todos estamos sobreprotegidos, bebamos o no bebamos de la fuente milagrosa. ¿No es fantástico?
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20:30
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En Madrid apenas queda venta ambulante. Creo que la Real Academia de la Lengua debería tomar cartas en el asunto, porque palabras como "buhonero" o "mercachifle" son demasiado bonitas como para que la gente no las utilice. A día de hoy, en la calle sólo se venden películas falsas, collares de lucecitas y pañuelos palestinos para los pijos. Si uno quiere vendedores ruidosos, de ésos que anuncian su mercancía y no se esconden de la autoridad, entonces tiene que irse al Rastro. El Rastro es un mercado dominical que se extiende por el barrio más incómodo de la ciudad, un verdadero sindiós de cuestas imposibles. Cuando yo vine a vivir a Madrid, alguien me prometió que aquí podría regatear los precios y volver a casa con una ganga debajo del brazo. Era mentira, pero no me importa. De vez en cuando salgo a pasear por los callejones donde todavía extienden alfombras de objetos disparatados, y hago fotos como ésta, de los vendedores de regaliz. Ya quedan pocos personajes como éste, tan dignos en su sencillez, y hay que valorarlos.
Esta historia continúa (o comienza, no lo tengo muy claro) en otro blog, Sindrogámico.
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16:14
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“Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres”. Así comenzaba un poema de Dámaso Alonso titulado Insomnio que leí cuando tenía diecisiete años. En aquella época yo todavía no vivía en Madrid, pero cuando me trasladé unos meses más tarde lo primero que hice fue visitar el cementerio. El lugar donde los madrileños están enterrados no es especialmente bonito, no tiene grandes mausoleos ni viejas tumbas neogóticas. Es, simplemente, una gigantesca ciudad con millones de cadáveres. Desde las autopistas que entran por oriente, cuando miras por encima de los muros, se adivina un mar de lápidas, ondulante y blanco. Un viejo agujero encajonado, olvidado por casi todos. Muchas veces he deseado parar el coche para hacer una fotografía, pero en la carretera está prohibido detenerse. Hay que conformarse con mirar a los muertos desde lejos, fugazmente, por la ventanilla o el retrovisor. O, si se prefiere, programar una excursión, como hice yo ayer. Es un lugar tranquilo y solitario, ideal para una mañana de sábado. Como muchos de vosotros estáis lejos, he colgado la fotografía a un tamaño razonable, para que podáis haceros una idea si pincháis en ella.
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14:31
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Etiquetas: Madrid
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Madrid tiene fama de pueblo grande, y no es una fama infundada. Entre otras cosas, porque tiene más tejados que azoteas. Esta fotografía, por ejemplo, es una imagen de los barrios del centro, justo detrás de la Gran Vía. Son barrios de callejones y cuestas, con iglesias escondidas y alguna que otra plaza dispersa entre los edificios viejos. Los nombres de estos barrios y estas calles, además, ostentan la contundencia y la sencillez del casticismo más inveterado: Malasaña, Luna, Barco, Madera o Desengaño. Siempre he pensado que esos nombres tienen resonancias literarias, caprichosas, más propias de un pueblo pequeño que de una capital. Y me encanta perderme en paseos distraídos para leer las placas de las calles. En la foto, por supuesto, no se identifican los lugares, pero he querido que sea lo suficientemente grande como para que cualquiera pueda pinchar en ella y mirar bien el panorama. Y de paso, todo el mundo está invitado a describir el techo de su ciudad. ¿Antenas? ¿Cúpulas? ¿Helipuertos, quizás? Por muy poco que frecuentemos nuestras alturas, estoy convencido de que dicen mucho del lugar donde vivimos. O al menos, de cómo lo vemos nosotros.
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17:43
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Etiquetas: Lugares comunes, Madrid
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Confieso que soy persona propensa al tópico, y que si me escarbas en el cerebro las ideas que afloran suelen resultar previsibles. Si me dices ahora la palabra “ciudad”, por ejemplo, pienso en este blog. Pero si me la hubieras dicho cuando eleganTe chaflán todavía no existía, entonces habría pensado inmediatamente en un rascacielos. Los rascacielos son, a mi sencillo entender, la sublimación del espíritu urbanita. Cuantos más rascacielos haya en una ciudad, más ciudad me parece. Y por eso, para describir el Madrid que vivo y miro desde el autobús, era inevitable que hablase de alguno. El rascacielos de la foto es el edificio de la facultad donde estudio. O, más concretamente, el lugar donde tienen los despachos los profesores. Está situado en el extremo noroeste de la ciudad y sólo puedes llegar hasta allí por una carretera que se acaba en la puerta. Más allá sólo hay autopistas y bosque, mucho bosque. A mí me gusta porque después de tantos años le he cogido cariño, pero también porque tiene unas vistas estupendas. Y siempre que paso por la carretera que va hacia el norte, lo miro desde la ventana y le digo a quienquiera que vaya a mi lado: “mira, ésa es mi facultad”.
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18:43
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Etiquetas: Madrid, Rascacielos
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Álex tiene 21 años y vive en Madrid, en el barrio de San Blas. Es peón aprendiz de jardinería. Trabaja todas las tardes, siete horas diarias, arreglando 15 parques diferentes del centro de la ciudad. Cuando haga un año subirá de categoría y se convertirá en auxiliar, pero eso le da un poco igual. En realidad, Álex quiere ser policía. Si está en esto de la jardinería es porque le gusta mucho el campo. Pero, como digo, quiere ser policía. Hace un par de meses se sacó el carné de conducir, y mientras espera a que llegue su oposición trabaja en los parques. Después de todo, no es un mal trabajo. Álex dice que le gusta porque le permite hacerse amiga de los mendigos. Si le preguntas mucho, confiesa (azorada, como una adolescente) que le gusta también porque de vez en cuando conoce a chicos guapos. Pero apenas tiene tiempo, la pobre, para hablar con ellos: en toda la jornada sólo le dan un cuarto de hora de descanso, a las cinco de la tarde, para que coma algo. Hay un encargado por ahí, dando paseos de parque en parque, que se encarga de vigilarla a ella y a sus compañeras. Cuando yo la conocí, ni siquiera quiso dejar de trabajar mientras hablábamos, no fuese a ser que él apareciese y le echase la bronca. Lo que más me impresionó fue la sopladora que utiliza para mover las hojas del otoño, con un estruendo tremendo. Se lo dije, y ella se rió. Álex siempre se ríe.
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Tres, son tres, los motivos por los que me gusta esta esquina. El primero de todos es el más simple: porque tiene un cartel optimista que dice que el sol sale para todos. El segundo motivo es más complicado: la esquina me gusta porque se parece a otra esquina de un pueblo de La Mancha que se llama La Hinojosa. En esa otra esquina, la original, también hay un cartel donde pone que el sol sale para todos, y yo siempre me desvío para leerlo. ¿Y el tercer motivo? El tercer motivo es retorcido e irónico: me divierte que esta esquina tan optimista, esta esquina que promete sol para todos, sea la esquina de una licorería. Si uno mira esta foto con el pie izquierdo, podría pensar que el sol sólo sale si estás lo suficientemente borracho. Y, puestos a ser malpensados, ni eso: la licorería está cerrada a cal y canto. ¿Con qué motivo os quedáis vosotros?
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