miércoles, 23 de septiembre de 2009
domingo, 20 de septiembre de 2009
miércoles, 19 de agosto de 2009
El santo y los caballos desnudos
Buenos Aires
La Costanera Sur es uno de los rincones más agradables de esta ciudad. Tuvo su momento de esplendor a principios del siglo pasado, cuando era todavía uno de los balnearios preferidos de los porteños que, hombres por un lado y mujeres por el otro como Dios manda, venían a refrescarse en las aguas aún no contaminadas del Río de la Plata. Con el tiempo todo cambió, las confiterias desaparecieron, como los trajes de baño enterizos de los señores y, de manera más inquietante, el río.
Uno de los recuerdos que siguen presentes es la escultura de Lola Mora, Las Nereidas, un encargo de la municipalidad que debía ubicarse inicialmente en las cercanías de la casa de gobierno. La fuente, en la que se destacaban no solo mujeres sino también caballos desnudos generó desconcierto entre los ciudadanos honestos. La iglesia, siempre dispuesta a participar en los grandes debates nacionales, logró a través de sus subcontratistas de las ligas de decencia que la obra fuera relegada a los confines de la ciudad.
A poca distancia de la escultura hay una pequeña placa en honor a un santo, creo, italiano. Olvidé su nombre pero recuerdo la razón de su santidad: habría cruzado el golfo de Sorrento sentado magicamente sobre su manto. Esa proeza, digna de un David Copperfield, siempre me desconcertó. Aunque pensandolo bien las elecciones de la Santa Iglesia en lo que respecta a sus santos y beatos son, por lo general, desconcertantes. No hay premios nobel o salvadores de la humanidad entre sus huestes. No se canoniza a quien inventó la vacuna contra la polio, sino a un extravagante italiano que decidió un día tomar un transporte marítimo poco convencional.
Un antepasado mío fue beatificado por haber sido cocido en aceite hirviendo por los moros, frente a la terca defensa de su fe cristiana. Imagino que Dios, que todo lo sabe, le hubiera perdonado un pequeño paréntesis en su pasión religiosa sobre todo si estaba inducido por la amenaza cierta de ser transformado en croqueta.
Los caballos desnudos condenados al destierro y el pintoresco viajero recompensado con la salvación eterna son algunos de los tantos y misteriosos designios de la fe.
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viernes, 17 de julio de 2009
Batman y el Trilobite
Paris
Batman suele divertirse cuando enumero la larga lista de maravillas que no existían cuando yo tenía su edad, a fines del siglo XVII.
Le cuesta entender como era la vida sin tele por cable, internet, computadoras, Mc Donald´s, trenes bala, Apple, Discovery kids, DVD, huevos Kinder, Buzz Lightyear o Ben 10. Y sobre todo como me pude adaptar a esas terribles condiciones.
Como le han regalado un libro sobre los primeros seres vivos, comprende que en la época remota de los trilobites, hace más o menos 600 millones de años, uno no pudiera ir a jugar con la playstation del vecino, pero que su padre no haya siquiera conocido ese juego le parece un enigma. Soy desde su perspectiva una especie de trilobite que desconoce aún su condición.
Por suerte para nosotros, fósiles analógicos, el progreso no es lineal. Existen fallas en el sistema que hacen perdurar placeres con olor a naftalina. Los parques de diversiones son uno de los tantos territorio de esas fallas. Me refiero por supuesto a los parques familiares, esos en donde se respira un aire agradable y obsoleto, mezclado con olores de frituras y barbapapás.
En verano hay uno que se instala en el jardin des Tuileries, en Paris. Hay autos chocadores, calesitas, tiro al blanco y también un tren fantasma. Pero la gran rueda es sin duda el plato fuerte del programa. Fue justamente en lo alto de esa rueda que Batman, junto a su madre, sintió la misma felicidad que conoció al recibir el traje de Indiana Jones para navidad, mientras el trilobite lo miraba desde abajo, tan feliz como él.
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lunes, 6 de julio de 2009
Tópicos necesarios (I) The Beatles Story
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Etiquetas: Liverpool, Lugares comunes, Música
viernes, 3 de julio de 2009
Favoritos (I): Albert Dock
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Etiquetas: Liverpool, Lugares comunes
martes, 30 de junio de 2009
La casa del cielo II
Buenos Aires
Como los sueños de tantos otros precursores, los del señor García conocieron en vida de su inventor el oprobio de ser tomados por castillos en el aire. El éxito posterior no hace más que recalcar la soledad de quien tuvo razón demasiado pronto.
Cuarenta años después de la muerte de aquel genial empresario que solo buscó un lugar en el cielo para poder almorzar y dormir la siesta, el Palais de Tokyo de Paris decidió honrar su memoria edificando en su techo primero un hotel y luego un restaurante (invirtiendo voluntariamente la diaria secuencia del señor García).
Solo la sumisión a la voluntad del precursor, que exigió en su lecho de muerte que la posteridad respetara la modestia y el pudor que habían marcado su paso por este valle de lágrimas, evitó que Fabrice Hergott, el director del museo, hiciera explícito el homenaje.
Los admiradores de la obra cumbre de García el Celestial agradecemos este merecido aunque tardío reconocimiento.
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