Madrid.
Nunca me he sentido tan libre como cuando tocaba adornar mis pisos de estudiante. Durante cinco o seis años anduve de aquí para allá (Tirso de Molina, Embajadores, Príncipe Pío) compartiendo vida, pipas y salones más o menos limpios con amiguetes que hacían las veces de familia (y que todavía lo hacen). Aquellos pisos de estudiante eran una liberación estética, un experimento con el que nos vengábamos de todos esos profesores que van por la vida preguntando a los alumnos: "¿esto también lo haces en tu casa?". De la calle subíamos al salón sillones, fotos viejas o carteles con la cara de Lou Reed, forrábamos la pared con portadas del País Semanal, pegábamos pósters de señores en calzoncillos, clavábamos pizarras del Champion donde apuntábamos quién era el personaje del día. La semana pasada encontré esta foto y estas viejas sensaciones de libertad cuasi bohemia en una caja del trastero. La foto formaba parte de un altar español que n., JA y yo habíamos montado en un cuarto piso de la calle Sebastián Elcano. No sé como se llaman las niñas, pero sé que son familia lejana y eso me enorgullece. Ahora deben de tener veinte o treinta años. Su foto de comunión hacía pareja con otra de un soldado que me encontré en la calle, y con una botella de vino franquista que compramos en un restaurante del puerto de Despeñaperros. Ahora soy demasiado burgués para colocar esta foto en mi salón, pero se la voy a regalar a un amiguete que está decorando su piso con espíritu kitsch. Ah, lo del homenaje a Diane Arbus es porque ella (una de mis fotógrafas favoritas) también hacía fotos de gemelas, y ayer me regalaron un libro suyo.
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jueves 26 de noviembre de 2009
Pisos de estudiante (homenaje a Diane Arbus).
a las
14:25
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Etiquetas: Madrid, Nostalgias
viernes 20 de noviembre de 2009
El puente de Batman
Buenos Aires
Esta mañana, mientras esperaba junto a una amable empleada del banco que se resolviera un misterioso problema de sistema (el sistema, como ultimamente mi tía Julia, se cae) miré como Batman combatía el aburrimiento (propio de un superhéroe sin villanos a la vista) armando un puente.
Me explicó con precisión de neurocirujano que pese a su tamaño aparentemente diminuto el puente permitía sortear el peligro del terrible acantilado que caía en picada hacia un mar de lava muy caliente, con monstruos como triceratops y unos malos que tenían unos sables laser dobles como los de Darth Maul que saltaban y mataban y le habían cortado el brazo al oso.
Sin entender muy bien que oso había quedado manco, agradecí la oportuna vuelta del sistema (el sistema, como Nicola di Bari, siempre vuelve) que me permitió dejar atrás el mar de lava, los triceratops, los sables laser y todas las calamidades de las que me salvo cada día gracias a mi distracción y a la acción incansable de Batman.
a las
21:33
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miércoles 28 de octubre de 2009
Agatha me fastidia
Buenos Aires
Agatha Ruiz de la Prada me fastidia. Me fastidian sus corazoncitos, sus flores pasteles y su alegría boba como me fastidiaba en su tiempo el redundante El amor es....
Los tiempos han cambiado desde el reinado de los posters con atardeceres y frases intensas como El amor cuando cabe en una sola flor es infinito, pero sorprendentemente nuestro actual cinismo de rigor se deja seducir por esta Sarah Kay pop que inunda el mundo con cuadernos, llaveros y espejitos de colores.
En Buenos Aires estábamos razonablemente protegidos de los corazones fofos de Agatha hasta que el gobierno de la Ciudad, en un rapto de creatividad pocas veces visto, cedió unos muros para que la marca del corazón pudiera publicitar su nueva pesadilla colorida. Escapé desesperado a Santiago de Chile pidiendo asilo pero me encontré, justo frente al restaurante en donde suelo almorzar, un nuevo y alegre mural (el de la foto).
El poder del enemigo es infinito.
Próxima entrega: Odio a Botero.
a las
19:16
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miércoles 21 de octubre de 2009
Seguir mamando
Buenos Aires
Entre las muchas reacciones de indignación que el DT de la selección argentina causó con sus últimas declaraciones, las más sugestivas fueron sin duda aquellas que se lamentaban de la penosa imagen que ofrecíamos al mundo. La preocupación por la imagen que damos es una de nuestras eternas inquietudes.
¿Y como nos ven allá? es el prólogo imperioso a todo diálogo con un extranjero, incluyendo en ese rubro a los argentinos que vuelven de un fin de semana largo en Montevideo.
A diferencia de los norteamericanos, para quienes la percepción del otro es un tema casi tan irrelevante como el otro mismo, los americanos nacidos al sur del río Grande padecemos de una necesidad crónica de reconocimiento.
Y es justamente esa la paradoja de Maradona, quien es crucificado luego de haber realizado el sueño de todos, es decir que el Mundo Mundial nos detecte, nos ubique en el mapa, en alguna parte entre Río de Janeiro y Nueva Zelanda.
Luego de haberlo logrado, no soportamos que esa imagen sea la de un lumpen llegado a más, alguien que nada tiene que ver con el refinamiento legendario que es nuestra marca de fábrica.
La gente decente preferiría destacarse en ese Mundo Mundial a través de personajes realmente representativos. Como el senador Reutemann, ex-piloto de Formula 1 y eterno candidato mudo a la presidencia que manifestó su disconformidad política invitando a sus detractores a que se recontrametan en el medio del culo su candidatura. O el diputado De Narváez, rico heredero y exitoso rival del oficialismo en las últimas elecciones parlamentarias, quien explicó en un lenguaje llano que la gente le agradecía haberle roto el culo a los pingüinos (el gobierno).
Los medios por supuesto no sepultaron a ninguno de los dos, justificándolos incluso por un malhumor al fin y al cabo comprensible. Como los bancos que solo prestan a quienes no lo necesitan, esta sociedad injusta reserva las violentas metáforas sexuales para quienes nacieron refinados.
a las
16:11
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miércoles 23 de septiembre de 2009
domingo 20 de septiembre de 2009
miércoles 19 de agosto de 2009
El santo y los caballos desnudos
Buenos Aires
La Costanera Sur es uno de los rincones más agradables de esta ciudad. Tuvo su momento de esplendor a principios del siglo pasado, cuando era todavía uno de los balnearios preferidos de los porteños que, hombres por un lado y mujeres por el otro como Dios manda, venían a refrescarse en las aguas aún no contaminadas del Río de la Plata. Con el tiempo todo cambió, las confiterias desaparecieron, como los trajes de baño enterizos de los señores y, de manera más inquietante, el río.
Uno de los recuerdos que siguen presentes es la escultura de Lola Mora, Las Nereidas, un encargo de la municipalidad que debía ubicarse inicialmente en las cercanías de la casa de gobierno. La fuente, en la que se destacaban no solo mujeres sino también caballos desnudos generó desconcierto entre los ciudadanos honestos. La iglesia, siempre dispuesta a participar en los grandes debates nacionales, logró a través de sus subcontratistas de las ligas de decencia que la obra fuera relegada a los confines de la ciudad.
A poca distancia de la escultura hay una pequeña placa en honor a un santo, creo, italiano. Olvidé su nombre pero recuerdo la razón de su santidad: habría cruzado el golfo de Sorrento sentado magicamente sobre su manto. Esa proeza, digna de un David Copperfield, siempre me desconcertó. Aunque pensandolo bien las elecciones de la Santa Iglesia en lo que respecta a sus santos y beatos son, por lo general, desconcertantes. No hay premios nobel o salvadores de la humanidad entre sus huestes. No se canoniza a quien inventó la vacuna contra la polio, sino a un extravagante italiano que decidió un día tomar un transporte marítimo poco convencional.
Un antepasado mío fue beatificado por haber sido cocido en aceite hirviendo por los moros, frente a la terca defensa de su fe cristiana. Imagino que Dios, que todo lo sabe, le hubiera perdonado un pequeño paréntesis en su pasión religiosa sobre todo si estaba inducido por la amenaza cierta de ser transformado en croqueta.
Los caballos desnudos condenados al destierro y el pintoresco viajero recompensado con la salvación eterna son algunos de los tantos y misteriosos designios de la fe.
a las
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